Bueno, vamos a hablar de Nicolas Novoa, porque hay noches en las que estás scrolleando tranquilo y un tío te para en seco. Él es uno de esos. Colombiano de origen, instalado en Bélgica desde hace un tiempo, Nicolas es lo que mi abuela habría llamado «un buen ejemplar». Con los años, he entendido que tenía razón.
El tío tiene todo del galán de Bogotá: piel dorada, mandíbula cincelada, cejas espesas que casi se juntan, mirada color avellana entornada que te detalla suavemente en cuanto se enciende la cámara del móvil. Delgado, para nada culturista — más bien modelo que deportista. Los abdominales están ahí sin que tengas ganas de contarlos, el vientre es plano, el cuello es lo suficientemente fino como para imaginar el resto de las proporciones sin equivocarse.
Anécdota rápida. El año pasado, escala de una noche en Bruselas para la boda de un colega, acabamos en La Cage en el centro de la ciudad. Tres cervezas después, noto a dos colombianos que están siendo ligados al mismo tiempo por un cuarentón belga algo torpe. Se responden en español entre ellos, sonríen educadamente al tío, y se van diez minutos después sin prometer nada. Es exactamente la actitud que encuentro en las fotos de Nicolas: la cortesía de quien sabe que lo miran. Nadie necesita insistir, ya lo ha entendido.
En cuanto a detalles que me llaman la atención: un tatuaje floral en manga en el brazo izquierdo, motivos negros y grises que bajan casi hasta la muñeca, sin agredir. Un pequeño pendiente discreto. Corte de pelo negro corto a los lados, más largo arriba, perfectamente cuidado. Y luego esa polla gruesa que saca sin gran ceremonia en ciertas fotos — nada de semi-erección puesta en escena, solo un tío que se desnuda a medias para la cámara de su móvil, porque es domingo por la tarde y hay que hacer pasar el tiempo.
Punto extra por el aire algo ausente que lleva en la mayoría de las fotos. Labios entreabiertos, párpados bajos, como si saliera de la siesta y lo hubieran interrumpido en medio de un buen sueño. Esta indiferencia, mezclada con un cuerpo del que no quieres apartar los ojos, le da al conjunto una dimensión casi hipnótica. Vuelves a abrir las fotos tres veces, sin razón particular, porque es precisamente para eso que sirve Nicolas Novoa: para que volvamos.





















































